¿Cómo sabemos que estamos mejorando de nuestra ansiedad?

Sobre todo por tres aspectos básicos: por el descenso psicosomático, por la «nueva» seguridad personal adquirida y por las parcelas de libertad ganadas en la vida diaria.

La respuesta a esta pregunta siempre es muy personal, por lo que las reglas generales aquí son un tanto inconsistentes. No hay un solo elemento indicador cualificado que constate mejor el progreso antiansioso que no sea la opinión de uno mismo, es decir, ni la concentración fisiológica de neurotransmisores, ni los resultados de determinados tests o pruebas específicas, etc., son suficientes. Cada persona debe otorgar validez y significación a hechos tan básicos en ella misma como «qué tal se encuentra», «qué es lo que todavía evita» y, en definitiva, «cuál es el grado de satisfacción vital del que se está gozando». La mejora es, de hecho, el estado que pone de manifiesto la reversibilidad del camino emocional recorrido, es decir, la situación a la que se llega, opuesta a la experimentada anteriormente, y que se caracterizaba por una limitación evidente de la libertad individual.

Cabe señalar que en este trastorno se da una doble alteración: por una parte, la agitación que lleva asociado el propio despliegue psicosomático y, por otra, el marco que la persona se ha configurado de las propias limitaciones vitales. Respecto al primer ámbito, la cantidad de síntomas (de reacciones, pensamientos, sentimientos, conducta y relaciones), así como su intensidad, suelen ser indicadores básicos de la gravedad del proceso. De hecho, es lo que verdaderamente se está padeciendo, aquello que la persona no tiene capacidad de reconducir y que la lleva a controlar sus propias reacciones con muchas dificultades. Respecto al segundo ámbito, el marco vital puede limitarse progresiva e intensamente, así como irse restringiendo el ejercicio de la libre toma de decisiones. En este sentido, será el grado que consigan los dos ámbitos alterados lo que nos ofrecerá una idea más fiable de la situación individual y las condiciones en que se viva, por lo que también su progresiva optimización será la única y verdadera medida del avance personal.

Experimentar una mejora en el ámbito de la ansiedad es, entre otros indicadores, conseguir una mayor seguridad personal, lo que supone que la alteración más o menos constante con la que se estaba viviendo vaya siendo sustituida por espacios cada vez más amplios de neutralidad y serenidad, sobre los que no será necesario configurar amenazas y, por ello, tampoco se requerirá la estructuración de defensa ansiosa alguna. Vista así, la realidad empieza a controlarse a pesar de que se vea que sigue siendo amplia y múltiple. La persona que abandona la ansiedad ya no parece tener que discriminar, de forma constante, cómo deberá reaccionar y comportarse, sino que tenderá a dejarse llevar por las situaciones y actuar en el momento en que se considere preciso hacerlo. La seguridad que se adquiere con la mejoría apuntada es consecuencia directa del aumento del autocontrol emocional (inconsciente), es decir, de la posibilidad de volver a recuperar el esquema libre y adaptativo al contexto. También es otro indicador de mejora la adquisición de realismo en la valoración situacional, es decir, la posibilidad de ver y sentir los acontecimientos tal como son y lo que verdaderamente indican y dan de sí; en este sentido, lo que hay que hacer es darles el envoltorio emocional que requieren, evitando la aparición de errores de interpretación o de intensidad psicosomática. Con la mejora, la nueva posición que se va adquiriendo, siendo realista, es a la vez más justa y, por lo general, neutra, hecho que permite acceder a espacios personales de naturalidad y calma, y también ir dejando atrás aquella manera «explosiva» y siempre preocupada de vivir que supone la ansiedad.

Lucia Masajia

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