¿Cuáles son las características más relevantes de los disparos ansiosos?

Sin duda su forma abrupta, acausal, descontrolada, irracional y fatalista de aparecer.

Ya se ha comentado anteriormente que es necesario conseguir un protocolo médico eficaz, que pueda diferenciar un cuadro ansioso de cualquier otra patología. Esta circunstancia da a entender lo compleja que es una fase de ansiedad generalizada o una crisis de pánico, que debe analizarse bajo el filtro inexcusable de la prudencia médica con objeto de despejar dudas de forma eficaz y llevar a cabo las intervenciones urgentes que se requieran.

A la persona que padece dicho trastorno le sucede algo análogo, pero para ella aún es más duro, pues tiene la sensación de que, aun sabiendo lo que es la ansiedad, no acierta a ver el final del proceso. En este sentido, la «efervescencia» ansiosa se nutre de su propia mala interpretación y se genera el llamado miedo al miedo (fobofobia). Para poder dar respuesta a la pregunta que nos ocupa, intentaremos aportar algunos datos derivados de la práctica psicoterapéutica.

En primer lugar, deberíamos detenernos en algunas de las características de los despliegues ansiosos; así veríamos que la opinión de la persona afectada con respecto a los síntomas es muy variable y poco concreta, lo que hace que su entorno desconfíe de ella. En este caso, hay un hecho discriminador que es el brusco descenso que se produce en una sintomatología aguda en el momento en que la persona afectada se encuentra acompañada de alguien de confianza (la llamada «persona-santuario»), o cuando vuelve a casa o a algún lugar que le resulte familiar («lugar-santuario»), o cuando tiene la oportunidad de abandonar el sitio en que se encuentre (estar cerca de una puerta o cambiar de ubicación), etc. Son elementos que, en el fondo, nos hablan con claridad de la escasa solidez de la «patología» ansiosa que se está desarrollando y, por tanto, del evidente origen psíquico de lo que sucede.

Por otra parte, también se puede asociar a la ansiedad el paso rapidísimo de la sensación de pesimismo a la de fatalismo, es decir, de la expresión «me encuentro mal» a la de «no hay solución». En este sentido, son sobre todo los propios pensamientos desbocados los que más miedo dan y los que más síntomas provocan. Es aquí donde los psicoterapeutas especializados observamos una desajustada proporción entre lo que «se tiene» y lo que «se experimenta» o, dicho de otro modo, constatamos que detrás de la sintomatología apenas hay nada, e incluso que todo puede desaparecer de una manera muy rápida. A veces una posición firme y autoritaria basta para calmar a la persona en estado ansioso; en otras ocasiones, el diálogo o el acompañamiento son instrumentos básicos con los que neutralizar lo que aparece como inevitable.

Otro factor discriminador es el hecho de que la persona ansiosa evita determinadas parcelas de la realidad. El discurso de la persona en crisis debe ser analizado siempre desde una posición realista, pues éste posee numerosas expresiones «emocionalizadas» y, por tanto, irracionales y desajustadas. En este sentido, estando en crisis, el sujeto puede manifestar rechazo a lugares, situaciones, personas, etc., lo que indica una difícil comprensión del propio estado, que se considera consecuencia de una patología real.

Lucia Masajia

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