¿Cuándo puede aparecer la ansiedad? ¿Existen una edad o una situación concretas?

Aunque siempre depende de cada persona, la entrada en la vida adulta parece ser, estadísticamente, la etapa más frecuente en que tiene lugar la primera aparición ansiosa.

Debe dejarse claro que la ansiedad puede aparecer, por primera vez, en cualquier momento de la vida de una persona; técnicamente es, por tanto, imprevisible. En otras palabras, desde un punto de vista objetivo, no hay indicadores claros, hoy por hoy, de cuándo el sistema límbico (amígdalas cerebrales) pueda percibir, por asociación de recuerdos o por un simple error de interpretación, que una determinada situación o indicio (tanto interno como externo) es una amenaza vital. De la misma manera, también es impredecible cuándo sucederá un hecho traumático que dejará impresa una huella de hiperprotección que durará toda la vida.

Existen numerosísimos argumentos, ejemplos y casos en los que se constata que es precisamente durante la infancia cuando se adquiere lo que en un principio es sólo una actitud ansiosa y más adelante se convierte en una verdadera manifestación agitativa. Esto sucede así bien por imitación de las ansiedades de los progenitores, bien por tener que adaptarse, con mucho miedo, a determinadas condiciones ambientales (sobre todo de crianza, parentales), por hablar sólo de los procesos de adquisición más comunes. Una vez superada la infancia, suele aparecer una etapa de latencia adolescente en la que, si bien en muchos casos no se podría hablar propiamente de ansiedad, sí se puede asegurar que internamente existen los aprendizajes suficientes (condicionamientos) que aparecerán más adelante y originarán el trastorno. Evidentemente, aunque no es lo usual, eso no excluye que durante la propia infancia no se puedan dar cuadros de ansiedad importantes; sería el caso de las primeras manifestaciones hipocondríacas o de determinadas reacciones fóbicas, como la tan conocida fobia de separación o la fobia escolar.

A pesar de la diversificada casuística que existe con respecto a la primera aparición ansiosa, se ha podido establecer estadísticamente que ésta ocupa un período de edad que oscila entre los 18 y los 30 años. Estos datos, sin embargo, no surgen del azar. El sentido trascendente que la persona ansiosa otorga a cualquier momento de su vida, con la reconocida necesidad de no poder fallar, de no cometer errores y de no defraudar (perfeccionismo) va determinando, sin duda, que la transición a la vida adulta y madura se convierta en una cuestión inexorable. Esta transición se encontraría paramétricamente, como se ha dicho, entre los 18 y los 30 años. En efecto, es en esta horquilla temporal en la que posiblemente aparece el primer trabajo importante («que no se puede dejar escapar»), la finalización de los estudios (para muchas personas todo un indicador de la «valía personal»), quizá la primera pareja importante, los primeros hijos (el proyecto y realidad de la propia familia), y con seguridad las primeras responsabilidades: coche, ahorros, hipoteca, determinadas decisiones familiares, etc., elementos que, en conjunto, dicen mucho de la persona. Todos los elementos anteriores pasan de ser algo deseado a adquirir un papel trascendente que ha de desarrollarse correctamente.

La obligación autoimpuesta de ser más fuerte y controlado, de no padecer la más mínima incertidumbre o de infravalorarse, la urgencia de tener una posición firme ante lo que aún no se ha superado o quizá la percepción y la vivencia del dificultoso tránsito que se lleva a cabo, son, entre otros, elementos que aportan tal presión que fácilmente pueden llegar a conducir a una sensación de «no sobrevivir»

Lucia Masajia

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