¿Debo modificar la forma de comportarme para que cambie mi ansiedad?

Es conveniente, a pesar de que es mucho más importante cambiar la perspectiva y la posición vital ante los hechos.

En psicología siempre se ha postulado que si unas determinadas condiciones mantienen un problema, o éstas se modifican, o hay muchas posibilidades de que el problema continúe. De entrada, parece una buena propuesta realizar algunos cambios en el entorno y también en la conducta para que la ansiedad cambie; a pesar de ello, hay que hacer algunas puntualizaciones.

Para comprender adecuadamente el problema de la ansiedad es fundamental poder diferenciar dos planos:

 

  1. El sustrato o potencial de ansiedad de la persona, que es producto de su particular proceso de aprendizaje del miedo a lo largo de la infancia y que marcará una predisposición a los disparos agitativos, pues el sistema límbico ha sido condicionado a partir de lo que se han entendido como peligros adaptativos y ha comprobado con suficiencia la incapacidad de darles una respuesta adecuada. Dicho sustrato o potencial ansioso determina la existencia de una extrema sensibilidad hacia la percepción (aun siendo ésta equivocada) de nuevos peligros a lo largo de las situaciones por las que se atraviese.
  2. Los disparadores ansiosos, de carácter eminentemente simbólico, es decir, los acontecimientos que desencadenan en la actualidad la respuesta de agitación y que, de hecho, guardan una completa y directa vinculación con el sustrato antes citado, aunque dicha vinculación sea irracional e infantilizada. En todo caso, los disparadores no son reales (casi siempre son «inventados») y son interpretados sobre indicios o desplegados sobre una especie de «segunda realidad» (no desconectada) mal interpretada.

 

En cualquiera de los dos puntos anteriores, actúan de manera trascendente tanto determinados factores de la propia personalidad (pesimismo, obsesividad, perfeccionismo, neuroticismo, etc.), como también posiblemente una cierta predisposición genética que, aunque indemostrable, es del todo imaginable a tenor de la casuística.

Si decidimos esforzarnos por cambiar el comportamiento, en realidad ¿no vamos a tener que cambiar también la importancia que damos a determinados hechos, disparadores, para acabar con la ansiedad? Es evidente que el planteamiento tiene grandes dosis de razón, sin embargo no erradica plenamente la posibilidad de que se produzcan nuevos procesos de agitación porque el sustrato ansioso permanece inalterado. Más allá de cambiar la conducta, deberíamos procurar neutralizar la potencia que tienen los aprendizajes ansiosos establecidos en la infancia y que perduran, condicionados, en nuestra mente interna.

Lucia Masajia

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