¿Existe una relación directa entre la ansiedad adulta y el hecho de haber tenido una infancia complicada?

Sí, completa y directamente. La ansiedad tiene que ver con el escenario en el que se vivió en la infancia.

La infancia puede entenderse como ese largo período de acoplamiento al mundo en todos y cada uno de los planos de la realidad, esto es, una prolongada etapa de desarrollo y aprendizaje múltiple que tiene un valor trascendente e intrínseco, aunque especialmente potencial, dada la vinculación directa de este complejo período con la vida adulta. Nadie puede negar la relación directa que tiene lugar a lo largo del tiempo ni las consecuencias tan dispares que, por ejemplo, predispone el hecho de haber tenido una infancia desestructurada o, por el contrario, equilibrada. La crianza y la educación ocupan de manera constante a los niños en el largo período de su infancia y lo hacen a través de todos y cada uno de los planos del tándem individuo-realidad: es un moldeamiento permanente. Así, el desarrollo corporal, la supervivencia, los hábitos, el lenguaje, las características de la personalidad, la sociabilidad y, también, el aprendizaje emocional son, entre otros, hechos esenciales que hay que proteger y hacer viables con ayuda del entorno; se halla en juego la configuración de la personalidad adulta.

En este sentido, el miedo, la vergüenza, la agresividad, el asco, la sorpresa, la alegría, la tristeza o la ansiedad, como bien se ha ido diciendo, son las emociones básicas que todos llevamos como programa en nuestro esquema genético y que deberán obtener una canalización, una enseñanza y una adecuación idóneas durante el período en el que «todo es posible»: la infancia. En ella será necesario soldar las emociones a los acontecimientos y configurarlas de manera que resuelvan, en el futuro, problemas de tipo adaptativo.

Así, por ejemplo, deberemos sentir alegría en situaciones de optimismo o de satisfacción, tristeza en momentos de duelo, pérdida o despedida, vergüenza ante posibles contextos de infravaloración, ira como respuesta adaptativa a situaciones de frustración o ansiedad cuando se perciba que se es objeto de una amenaza vital. Evidentemente, la educación de las emociones, es decir, su ajuste progresivo, debe canalizar también la propia intensidad emocional; en definitiva, la infancia ha de permitir el afloramiento adulto de la emoción que corresponda, en el grado preciso para que, en conjunto, resulte adaptativa, es decir, útil para la supervivencia.

La ansiedad, como sucede con el resto de las emociones, requiere coherencia, continuidad, reajuste y un buen modelo o patrón que seguir para que pueda adquirir el valor que se le supone: una ayuda individual ante situaciones amenazantes. Como se ha dicho, la in-
fancia debe permitirlo, pero no es tan fácil. Se da una estrecha relación entre determinados estilos de relación paterno-filial y afloramiento ansioso distorsionado, pero también entre algunas características concretas de la personalidad de los padres que se expone ante los hijos, simplemente como modelo pasivo (aunque constante); en realidad, podría asegurarse que casi siempre, detrás de cada trastorno de ansiedad, ha existido en el pasado un largo período en el que aparecieron (como si fuera algo natural) momentos de temor como respuesta a conductas de crianza sobreprotectoras, o, por el contrario, caracterizadas por el sometimiento y/o el rechazo, o por alguna otra circunstancia específica. En el primer caso, la incorrecta interacción con el mundo, del que siempre se ha estado protegido, genera inseguridad y fomenta la dependencia; en el segundo, el miedo persevera por la sensación de sentirse excluido afectivamente y da lugar, con el paso del tiempo, al pesimismo

Lucia Masajia

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