¿Hacer deporte combate o reduce la ansiedad?

No de forma directa, pero produce cambios psicológicos que determinan otra manera de ver las cosas: con más confianza, naturalidad, realismo y libertad.

Hay un hecho que es incuestionable: la ansiedad produce cambios significativos en la dinámica rutinaria de la persona desde que hace acto de aparición. Lo que habitualmente había sido algo que podría denominarse una vida realista y madura, es decir, integrada y plenamente adaptada al entorno, de repente se presenta como un espacio lleno de temor donde la posibilidad de recibir agresiones vitales se halla siempre presente y potencialmente en actividad (incluso sin que la persona pueda cerciorarse con claridad de si se trata de peligros o de amenazas; recuérdese que la sensación es difusa).

Es evidente, pues, que las circunstancias de la vida de la persona han cambiado con la ansiedad en la medida en que también lo ha hecho la percepción individual de la realidad. En este sentido, ya no es válido el carácter sereno y neutro que se percibía de la vida en general; ahora lo necesario es la vigilancia. Con la ansiedad, cuerpo y mente han padecido una especie de secuestro interno en el que lo que antes parecía indiferente ahora es «fatal»; es más, la opinión neutra o positiva que se tenía acerca del propio funcionamiento fisiológico es ahora una duda permanente acerca de las posibilidades no ya de enfermar, sino de sobrevivir. Con la hipocondría, como ya se ha dicho, el propio cuerpo se halla «tocado» por la incertidumbre, de manera que la ansiedad atribuye a la persona grandes interrogantes alrededor de simples indicios, inocuos en gran parte, y, en general, un interrogante constante en cuanto a la capacidad individual de hacer frente a las agresiones interiores del «propio organismo».

En esta opinión tan fatalista, la limitación de la actuación o la intervención libre en el medio y la reducción de la confianza en uno mismo hacen que la persona se vea atrapada en el interior de un bucle de indefensión del que le resultará muy difícil escapar. Es aquí donde debe ubicarse el sentido positivo de la práctica del ejercicio o del deporte. Cualquier actividad que fomente la confianza en uno mismo y participe en el retorno de dicha confianza de forma progresiva, será un elemento fundamental para erosionar el negativismo que la ansiedad aporta a la persona. La actividad física proporciona una especie de reencuentro con el plano de la confianza respecto del correcto funcionamiento del organismo, muy empobrecido por los pensamientos negativistas y declarado «en estado de duda» de manera permanente. Así, volver a correr, patinar, jugar, saltar y, en definitiva, someterse a un esfuerzo, se convierte en algo parecido a un test de verificación del sentido de «no estar tan mal» y, en consecuencia, de reducir la tendencia a la autodescalificación, cuando no a lo trágico. El aumento de la autoestima corporal que aporta el ejercicio físico puede ser el primer «abrelatas» del sentido fatalista proporcionado por la ansiedad, centrado en este caso en la validez del propio cuerpo.

La práctica de deporte también permite distraerse, es decir, aporta espacios de relajación en el constante análisis negativo de las cosas, así como una atenuación en la reacción sintomatológica, hechos que indican claramente la posibilidad de fractura del propio estatus ansioso. Si la persona ansiosa se da cuenta del papel rompedor que tiene la práctica del deporte respecto del proceso de ansiedad, verá que, en realidad, este problema tiene muchos puntos débiles y que son muchas las posibilidades de vencerlo.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta que el ejercicio físico es una forma natural de activar los sistemas cardiorrespiratorio, muscular, etc…

Lucia Masajia

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