¿Hay alguna fórmula radical o contundente para vencer la ansiedad?

No, el estado ansioso viene de lejos y ha convencido a la persona de manera profunda y permanente, por lo que es necesario conquistar un progresivo «desconvencimiento». No existe ninguna medicación que cambie las ideas o los sentimientos, aunque sí los síntomas.

A pesar de que el estado ansioso, como se ha venido diciendo, puede tener (con seguridad) un componente genético dominante (predisposición a la detección de amenazas), sobre todo proviene de aprendizajes (condicionamientos o moldeamientos) efectuados ya en la larga y por otra parte inmadura etapa infantil, por lo que es posible afirmar que el anclaje del problema en la persona ansiosa ya viene de lejos en su trayectoria vital. Esto significa que la manifestación de la ansiedad en una persona adulta viene determinada por las implantaciones que se dieron lugar en épocas vitales tempranas, es decir, en la infancia, y que desafortunadamente siempre se han encontrado a disposición de la persona a la espera o bien de una situación verdaderamente amenazante o de un error en la interpretación situacional. Por estas razones, a nadie se le puede escapar que en realidad hablamos de la existencia de una situación latente (siempre por defecto) y de otra manifestativa (de facto).

Deberemos entender, como se ha venido diciendo, que con la ansiedad se instaló también una manera atípica y agitada de reaccionar, así como, previamente, una forma singular (distorsionada, anticipatoria, catastrofista, etc.) de interpretar la realidad, y de la presencia de uno mismo en ella: el medio (entendiendo en él incluso el propio organismo) es particular y constantemente amenazador, por lo que hay que mantener sobre él una necesaria posición vital de defensa y previsión continuas, hechos diametralmente opuestos a la neutralidad, la indiferencia o la seguridad naturales, correspondientes a las personas en equilibrio con respecto a la valoración de la realidad. Viendo esto, queda claro que la ansiedad es una manera convencida y «bien» posicionada de vivir (por sobredimensionadamente estable), siempre dentro de lo que entenderíamos un marco repleto de peligros sobre los que hay que tener una vigilancia adaptativa constante.

Debe quedar claro, no obstante y de acuerdo con lo que se ha comentado, que como manera de ubicarse en el mundo, con la ansiedad se contempla una forma de pensar y de sentir características y, por tanto, una producción cognitiva singular, tanto en el plano racional como en el emocional. En resumen, el pensamiento y el sentimiento ansiosos son elaboraciones psicológicas «necesarias», pero también elementos que mantienen el problema, lo que determina, entre otras cosas, entender que limitarse al consumo de fármacos es, en este sentido, poco eficaz: a pesar de que pueda ayudar, ningún medicamento cambiará ni las ideas ni las creencias personales, y aunque consiga rebajar los síntomas no hay garantías de que este hecho pueda ser aprovechado más tarde para la reestructuración mental. Hallamos nuevamente aquí la esencia de la ansiedad como algo alejado del concepto estricto de enfermedad para volver a interpretarlo como producto de un aprendizaje antiguo malformado, con una recuperación adulta de formato irracionalmente agitado. También deberíamos considerar finalmente la idea según la cual el hecho de poder rebajar la intensidad de los síntomas no erradica un problema que, con toda probabilidad, el tiempo y las nuevas circunstancias podrán hacer resurgir.

De acuerdo con ello, sólo el trabajo centrado en el reequilibrio o la objetivación de ideas y pensamientos será el que podrá atacar frontalmente el problema, pues incidirá de forma directa en la propia entidad básica del trastorno.

Lucia Masajia

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