¿La ansiedad es siempre negativa?

No, la ansiedad sirve para la supervivencia y la adaptación a todo aquello que consideramos complejo y comprometedor.

Hay un tipo de ansiedad que podríamos entender como positivo, algo así como si se tratara de una especie de «ansiedad ecológica» que todos poseemos y que surgiría como respuesta a problemas verdaderamente duros, vitales, es decir, un tipo de emoción básica que tenemos los humanos (al igual que los animales superiores) y que empleamos según la exigencia de determinados momentos en los que entendemos que hay peligros o verdaderos obstáculos para la supervivencia (tal como se ha comentado ya en la pregunta 1).

A menudo se ha hecho referencia a la ansiedad como una doble reacción de alerta y adaptación ante un hecho importante; es decir, una primera detección de algo que atenta contra nosotros y la consiguiente puesta en marcha de múltiples y complejos mecanismos de respuesta. Entendida así, es evidente que la ansiedad ha sido para la humanidad un instrumento adaptativo de primer orden, pues nos ha permitido sobrevivir individual y colectivamente. El hombre primitivo se encontraba sometido a constantes peligros en la medida en que aún no había desarrollado suficientes mecanismos de prevención, respuesta y protección ante un entorno permanentemente hostil. Las ocasiones en que su vida se encontraba en peligro eran muy numerosas, por lo que la reacción ansiosa que le permitía intuir grandes riesgos o reconocerlos de forma clara era necesaria y, en muchos momentos, «obligadamente» eficaz.

Es evidente que la vida actual se aleja mucho de estos parámetros tan primitivos como peligrosos, y que ahora nos movemos en un marco de protección máximo, incluso en lo preventivo. Por ello, la ansiedad debería haberse reducido. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que la historia de la humanidad es, de hecho, la evolución del control de los peligros externos y de los mecanismos que hacen que la supervivencia sea más sencilla. Así, al haber disminuido las situaciones de riesgo, la ansiedad también debería haberlo hecho. Lo que llamamos ansiedad positiva o ecológica es un sistema de detección esencial, pero también, como se ha dicho, un productor de reacciones adaptativas para la supervivencia; en cualquier caso, supone todo un verdadero despliegue psicosomático, con producción cognitivo-emocional y conductual que permite al individuo la ejecución de reacciones rápidas y eficaces. La ansiedad conduce a la acción en la medida en que trata de dar respuesta inmediata y contundente a una situación que la reclama. Como sistema reactivo, se puede decir que es positiva, pues motiva, impulsa, concreta acciones y neutraliza las situaciones amenazadoras. La rápida producción mental y comportamental se basa en la necesidad de «pensar y hacer» de manera urgente, por lo que, en este sentido, la ansiedad es positiva y necesaria.

No lo es, en cambio, cuando surge tras un error en la evaluación de las circunstancias por las que se atraviesa, cuando su duración se prolonga más allá de la existencia de una situación comprometedora y, sobre todo, cuando se instala en nuestra vida cotidiana como un hábito, cuando su intensidad sobrepasa la demanda de una situación en particular, cuando surge sin causa aparente, etc. Éste es un tipo de ansiedad anómalo y absurdo que, como si fuera un sistema autónomo que escapa del control individual, se muestra alejado de las respuestas que «ecológicamente» se debieran dar. En estos casos, la ansiedad disparada pasa de ser un elemento que protege, a una situación de la que es preciso protegerse.

Lucia Masajia

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