¿La ansiedad se transmite de padres a hijos? ¿Se contagia?

No es ninguna enfermedad contagiosa, pero sí un modelo de actitudes y de conductas que se puede traspasar a los hijos con facilidad de manera inconsciente.

A lo largo de mi experiencia terapéutica he llegado a entender la ansiedad como una emoción concreta susceptible de un tipo específico de aprendizaje, algo que depende de las particularidades de un entorno que enseña e influye sobre lo que está determinado genéticamente. Al proceder, pues, de un proceso de aprendizaje emocional, se entiende que se configura a partir de una adquisición en particular y que ésta es inconsciente, constante, múltiple y adaptativa, y que ocupa inicialmente, como se ha dicho, el largo período de la infancia. En el plano cerebral, el trastorno ansioso no equivaldría a otra cosa que a una específica red de conexiones sinápticas, perdurable en el tiempo (como lo es todo aprendizaje sólido), pero con evidentes posibilidades de ser modificada, es decir, reaprendida de nuevo (de hecho la psicoterapia en el fondo no es más que un trabajo de cambio o de reaprendizaje emocional). Como todo proceso en el que se llevan a cabo adquisiciones o aprendizajes, lo que se tiene en cuenta sobre todo es la posibilidad de ser influido por nuevos acontecimientos y/o por la propia voluntad y motivación de la persona.

A tenor de lo expuesto y por el hecho de ser fundamentalmente un aprendizaje (emocional, no lógico), queda claro que la ansiedad, en rigor, no puede ser catalogada como una enfermedad en el sentido tradicional del término. Precisamente la posibilidad de volver a aprender y adquirir así otra manera de ver las cosas que nos permita reducir o eliminar el problema nos remite a la conclusión de que neutralizar la ansiedad no es más que «olvidarla» o sustituirla, en lo que entenderíamos un proceso fundamental de asimilación o convencimiento, algo alejado, por tanto, de la noción de patología y de intervención contundente sobre un problema orgánico.

En los procesos de ansiedad no existe ningún tipo de estructura cerebral alterada que determine su origen, ni tampoco un grave error funcional, ni es consecuencia de una patología infecciosa, etc. Llegados a este punto es fácil entender la originalidad de esta problemática, en el caso de pretender ubicarla sin revisión en el plano de los elementos físicos-fisiológicos en los que convencionalmente se mueve la medicina. Curiosamente, día a día descubrimos que un cambio de pensamiento o de perspectiva puede determinar una mejora en la intensidad de una crisis o un giro en el desarrollo del propio trastorno, transformaciones que permiten obtener un recorrido más corto y cualificado en el plano terapéutico que muchas de las medicaciones consideradas idóneas.

Valgan estos argumentos para entender que la transmisión de la ansiedad de padres a hijos tampoco se puede considerar un «contagio»; entrar en este camino causal sería contradecir todo cuanto se ha ido diciendo, puesto que, esencialmente, no nos hallamos más que ante un tipo de aprendizaje emocional. Así pues, el paso del problema de padres a hijos debe centrarse básicamente en el plano contextual y, aquí, en la existencia de un ambiente educativo que condiciona, que tiene unas características determinadas (ya descritas) o que plantea un moldeamiento del que ha sido y es imposible escapar, por citar únicamente las principales fuentes de transmisión.

Lucia Masajia

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