¿La ansiedad tiene que ver con mis problemas o con mis objetivos?

Ni una cosa ni otra; tiene que ver con la forma que tengo de considerar la importancia de los problemas y la forma de afrontarlos.

Dejando de lado la posible existencia de personas que genéticamente tengan una clara predisposición a padecer manifestaciones ansiosas, cosa intuible pero no demostrada y por tanto no rechazable, y fácilmente inferible a partir de la interpretación de procesos que no tienen una base de aprendizaje sociofamiliar clara, en este trastorno parece darse habitualmente una doble circunstancia: por una parte, la existencia de un momento concreto o un proceso de adquisición infantil y, por otra, la presencia de un disparador. Veamos algunas características de ambos elementos.

La adquisición infantil de la ansiedad, como se ha dicho, es por lo general un largo proceso de aprendizaje emocional donde se da una asimilación de lo que se observa, bien sea por la vía del «modeling» (copia de los modelos familiares), bien por condicionamiento ante conductas o actitudes (básicamente vistas en los padres) atemorizantes. En este caso acostumbran a ser procesos prolongados en el tiempo que ofrecen un patrón emocional que se ha de interiorizar, como si dicho patrón fuera un modelo natural que seguir. A pesar de esto, tampoco se puede descartar la presencia de momentos puntuales imprevisibles, de una gran intensidad, como por ejemplo una situación traumática, en los que la capacidad de adaptación se ve altamente perjudicada o limitada y su recuerdo inconsciente permanece guardado durante mucho tiempo en la memoria emocional.

Con respecto a los disparadores, la ansiedad nunca surge porque sí, fruto del azar, por muy extraña que sea su aparición (por ejemplo, en momentos de bienestar, de calma o incluso de elevada satisfacción), sino que lo hace como una emoción adaptativa que protege de una situación en particular, interna y percibida inconscientemente como un atentado o una amenaza vital. El disparador ansioso tiene siempre un papel simbólico, es decir, significa algo para el sujeto, a pesar de que no coincida concretamente con el hecho específico sobre el que se tiene miedo.

Por ejemplo, la fobia a ir en metro no es en realidad una agitación producida estrictamente por este sistema de transporte, la fobia a las palomas no se centra en concreto sobre esta especie de ave, los problemas de ansiedad al estar entre la gente no se dan por tener delante a una persona u otra en particular; el metro, las palomas o las personas no son más que «excusas» o símbolos que representan aspectos virtuales no resueltos emocionalmente y que implican una necesidad defensiva, dado que comportan amenazas vitales. Así pues, en los casos citados, el metro, las palomas o las personas «prestan» en realidad su esencia para indicar al sujeto que no tiene solucionados algunos problemas concretos en su trayectoria vital. Al ser un proceso inconsciente, no es comprendido por la mente lógica y, por tanto, deja de tener explicación y produce la sensación de que tenemos «al enemigo» dentro de nosotros mismos; el hecho de no regular lo que nos pasa nos conduce a la idea de que padecemos un trastorno mental. Cada persona ansiosa tiene sus disparadores, a pesar de que la mayoría de ellos no son localizables (los ejemplos anteriores se han expuesto para orientar mejor la comprensión), pues no necesariamente coinciden con el ámbito de las fobias.

Lucia Masajia

Un equipo de profesionales de la salud a tu servicio