¿La relajación nos puede ayudar a vencer la ansiedad?

Sí, pero más allá de procurar instantes de calma, será preciso que participe como técnica, en un proceso más general de cambio emocional.

He aquí un punto controvertido y sujeto, una vez más, a interpretaciones muy variadas en las que, en gran parte, se ejecutan argumentaciones parciales y erróneas, incluso desde el sector médico. En realidad, cuando hablamos de relajación nos referimos a un estado físico y psicológico (en este orden) que se caracteriza por un bajo nivel de actividad, lo que supone poder introducirse en una situación de descanso muscular perceptible, en la que los órganos trabajan de forma tranquila y reposada, experimentamos una sensación de calma mental y bienestar propios de la ralentización psicofísica. Relajarse es, en definitiva, adquirir un cambio corporal y mental que consiga llevar a la persona a un estado de satisfacción global desde la inacción. Evidentemente, el estado de relajación, entendido así, aporta elevados niveles de positivismo e, intrínsecamente, también un enorme valor para todo lo relacionado con el equilibrio (homeostasis) corporal, aunque sólo sea porque cuando alguien se relaja, verdaderamente se instala en el otro extremo de la agitación, del estado acelerado y, por supuesto, de la ansiedad. La adquisición de este estado personal de tranquilidad, a todos los niveles del organismo, puede hacer que nos demos cuenta de que también son posibles los momentos de calma en una persona marcada por la intranquilidad y el desasosiego, como lo es la ansiosa.

Sin embargo, en realidad, relajarse no es más que utilizar una técnica reductora de la agitación, la inquietud, la irritabilidad o la preocupación en el plano físico, con prolongaciones en el mental. Visto así, relajarse podría ser algo análogo a tomarse un calmante, escuchar una música tranquila o simplemente pasear, es decir, un abanico diversificado de conductas reductoras de la excitabilidad muscular, con propagación al campo cognitivo. La relajación, en sí misma, no asegura una lucha eficaz y contundente contra estados alterados, ni tampoco contra la ansiedad; más bien (aunque no debamos dejar de dar importancia a este hecho) se trata de un proceso individual e íntimo, de entidad psicofísica, que permite a la persona acceder a un descanso global, incluso profundo, de serenidad. Sin embargo, la relajación es una técnica importante en la psicoterapia de la ansiedad, pues permite abrir la puerta a una serie de diálogos internos, de calidad y aleccionadores, producto de haber reducido las interferencias de la mente consciente.

El estado de relajación permite a la persona cerciorarse de que se halla en el extremo opuesto a la agitación y, por tanto, verificar que también «la calma es suya», es decir, forma parte consustancial de uno mismo. Este primer paso es fundamental, pues los estados alterados que determina la ansiedad se perciben como algo inherente a la propia esencia, es decir, se tiene la sensación de que parece imposible desprenderse de ellos, y es, por tanto, como si estuvieran adscritos a la propia personalidad. La adquisición del estado de relajación rompe este «mito» en la medida en que se puede inferir que hay un mundo personal, más o menos oculto, que es grato y generable a voluntad, que aporta serenidad y, en esos instantes también, una percepción de la realidad alejada de las amenazas y los peligros ansiosos. En definitiva, ese estado de alteración propio de la agitación ansiosa queda aquí roto en mil pedazos, lo que genera los primeros instantes de duda acerca de la indisolubilidad de la ansiedad, es decir, comienza la erosión de ese estado permanentemente agitado que se consideraba, hasta el momento, intocable e invariable. El valor, pues, de la relajación, reside sobre todo en su poder de «reductor de estado», pero se muestra insuficiente para dinamizar, mediante su única presencia, una lucha antiansiosa de calidad; de hecho, modificar el grado de actividad cerebral-mental no es garantía por sí solo de la existencia de cambios.

Lucia Masajia

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