¿La sensación de sentirse atrapado/a es típica de la ansiedad?

Sí, y es la que genera la indefensión, el desamparo y el sufrimiento.

El pensamiento ansioso es inherente a la sensación de sentirse atrapado, es decir, propio de intuir una gran dificultad en una situación sobredimensionada. Sentirse atrapado es, por lo general, una percepción errónea que hace saltar de inmediato los sistemas de alerta psíquicos automáticos, configurando una respuesta adaptativa adecuada (eficaz).

En todo caso, es preciso observar que el disparo ansioso aparece porque, internamente, la estructura encargada de leer la realidad y de detectar en ella potenciales peligros acaba de interpretar la presencia de una amenaza para la supervivencia personal. Como dicha interpretación no se ajusta a la objetividad, entendemos que la ansiedad no es más que un disparo en el vacío derivado de una lectura interior equivocada. En este sentido, observar que nos hallamos atrapados es hacerlo en el marco de una situación no real, aunque nos parezca lo suficientemente convincente como para considerar que es cierta.

Y aquí tenemos la lucha o la desconexión interpretativa entre nuestros dos cerebros: el lógico y el emocional. Este último da alarmas y genera intensos despliegues psicosomáticos; el primero no entiende qué sucede y envía significados cada vez más dolorosos o temibles. De hecho, estamos ante un perfecto desorden en el que cada vez hay más efervescencia agitativa, dado que se siente lo que no se comprende. La inexistencia objetiva de elementos atentatorios sobre los que reaccionar da paso, en los procesos ansiosos, a la existencia de asociaciones mentales mal configuradas en el sentido de que se confunden las situaciones analizadas y se advierten como trascendentes: «O se soluciona el problema…, o estamos en peligro de muerte». Este tipo de pensamiento tiene, a todas luces, un carácter absoluto y, por tanto, inmaduro, por lo que solemos decir que, en el fondo, la mala interpretación actual deriva de un pasado infantil en el que a menudo se dieron procesos mal enseñados o entrenados de gestión del miedo. La escasez de respuestas neutralizadoras cuando somos niños lleva, al llegar a la vida adulta, a la incapacidad de hacer frente a las dificultades, aunque éstas sean nimias. En términos neuropsicológicos, podemos afirmar que hay determinados condicionamientos de las amígdalas cerebrales en la infancia que se manifiestan en la vida adulta sin cambio alguno, lo que en el fondo no es más que un automatismo instaurado que el tiempo y la evolución personal no han modificado.

Las reacciones ansiosas son las alertas y mecanismos que empleamos para neutralizar o huir de los peligros que intuimos. El grado reactivo o la intensidad de los síntomas determinan, a su vez, el nivel de preocupación o la sensación de estar atrapado; pero la situación es mucho más compleja, por ejemplo, si se comprende que tanto nos puede bloquear ansiosamente un hecho o situación (ansiedad directa y focalizada), como las características del propio escenario, aun sin que haya una ansiedad manifiesta.

Lucia Masajia

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