¿Las personas ansiosas son pesimistas?

En su mayoría sí, pues la ansiedad conlleva una forma negativa de ver las cosas que incluso se mantiene porque cambiarla parece peligroso.

En efecto, el pesimismo suele ser una característica básica de las personas ansiosas. La ansiedad comporta una lectura de la realidad según la cual únicamente parece verse de ella su poder desestabilizador, de manera que el mundo aparece repleto de peligros de forma constante y en él todo tiene un riesgo enorme, de ahí que no quede otro remedio que reaccionar de una manera hiperprotectiva. El análisis de la realidad efectuado desde la situación ansiosa implica la existencia de un fraccionamiento perceptivo, es decir, el olvido de las otras facetas de la vida; lo importante sólo es lo doloroso, por lo que la distorsión está servida. Lo positivo se aparta o se relega a un segundo plano, a la vez que lo negativo se hace tan amplio y goza de tanto peso psíquico que obliga a la persona a no perder el tiempo y a protegerse imaginando todas las posibilidades reactivas.

Como se ha dicho, la persona ansiosa tiene una visión de la realidad parcial, desenfocándola con el uso, entre otras, de un par de distorsiones cognitivas: la maximización de peligros, es decir, evaluar las situaciones de una manera que escapa al rigor de lo lógico y hace que la persona se guíe por simples intuiciones o indicios muchas veces irrelevantes y, también, la minimización de la parte favorable y benefactora del entorno, incluyendo en ese empequeñecimiento la autovaloración. En el trasfondo ansioso, en definitiva, podríamos escuchar con frecuencia un pensamiento interno del tipo: «Las cosas son muy duras y yo poco válido no ya para gestionarlas, sino incluso para sobrevivir a ellas».

Siempre se ha oído decir (sin quitar para nada un ápice de razón al planteamiento) que el carácter de alteración que supone el trastorno ansioso, en cuanto a pensamientos y sentimientos, utiliza una especie de filtro cognitivo a la hora de ver o de analizar el mundo excesivamente neurotizado. Mediante éste, la persona se guía básicamente por la evitación de situaciones que se intuyen como peligrosas, por lo que establece y se mueve dentro de un eje teórico del tipo: negativismo-pesimismo-fatalismo-catastrofismo. Según él, cualquier cosa que pase lo hará siempre dentro de las peores previsiones. El contacto constante con lo que se entiende como peligroso no deja grieta por la que imaginar la posibilidad de que algo sea bueno o salga bien; de hecho, la alerta ansiosa no es más que la preparación individual para las consecuencias negativas «que se esperan» a corto, medio y largo plazo.

Es evidente que el pesimismo puede tener una gran cantidad de grados, tantos como «intenso/leve» sea el proceso de ansiedad; a pesar de ello, siempre se da un sustrato básico negativo (por defecto) y, por tanto, en muchas ocasiones, equivocado. Una prueba inequívoca del pesimismo en los procesos ansiosos es la tan conocida hipocondría, en la que es el propio funcionamiento orgánico el que recibe el peso de la percepción negativa, como ya hemos visto; también el carácter anticipatorio de los hechos (en este sentido no sólo será negativo el estado actual, sino todo cuanto venga), las evitaciones (en las que se toman decisiones que llevan a eludir determinadas situaciones irracionalmente amenazantes) y, por último, las interpretaciones dolorosas derivadas de indicios insignificantes sobre los que el único proceso cognitivo-emocional que se desarrolla es el fatalista.

En general, la persona ansiosa tiene serias dificultades para distinguir su dimensión pesimista de la objetividad con que se caracteriza «naturalmente» la realidad; a menudo son los familiares o las personas cercanas quienes detectan el carácter alterado del pensamiento ansioso.

Lucia Masajia

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