¿Las personas ansiosas tienen un perfil común?

Rotundamente sí, a pesar de que queda abierta la duda de que pueda derivarse del esquema genético o de que se llegue a adquirir a lo largo de los años.

Paulatinamente, los estudios clínicos cada vez están ofreciendo más respuestas fiables al respecto, aunque en estos momentos aún queda un extenso campo por conocer. De los muchos casos tratados en la consulta, realmente se puede constatar la existencia de características comunes en la personalidad ansiosa, es decir, la presencia de rasgos propios en la forma de ser del individuo procedentes de estilos educativos singulares. Veamos los rasgos más importantes.

En primer lugar, y como ya se ha dicho, en la personalidad ansiosa se da mayormente un sentido negativo y pesimista de la vida que contempla no sólo el análisis de acontecimientos y situaciones, sino también la evaluación de uno mismo, incluso en la forma más básica posible, es decir, como ser vivo (la hipocondría es un claro exponente de ello). Este pesimismo no sólo parece ubicarse en las situaciones del presente, sino que se hace más intenso ante la propia perspectiva de futuro, pues en realidad la persona no llega a imaginarse libre y equilibrada, por lo que todo cuanto se imagine también será negativo. La constatada visión de peligros y amenazas induce al individuo a entender que todo va a ir mal o que uno mismo no se encuentra lo suficientemente capacitado para defenderse de una manera permanente de los avatares o imprevistos que surjan; por ello la persona ansiosa ha visto crecer y fortalecer su sentido negativo a lo largo de los años. Debe recordarse que en la visión pesimista de la existencia están jugando fuerte subfactores como la baja autoestima, la inseguridad o la desconfianza.

En segundo lugar, y vinculado al punto anterior, se ha evidenciado un rasgo personal de autoexigencia máxima, incluso de perfeccionismo, según el cual la persona se transforma en una especie de juez autoevaluador implacable que suspende a menudo. La vida se convierte, por tanto, en un campo de necesitada y constante revisión, algo así como la idea intocable de que cualquier acto podría haber sido desarrollado mejor; de hecho, la persona ansiosa por lo general no tolera sus propios errores; al contrario, los suele vivir como defectos individuales lo que incluso puede llegar a indicar a los demás la escasa validez personal en múltiples ámbitos de la vida. En este sentido, hay quien puede observar incluso cierto cariz obsesivo, sobre todo si, además de lo mencionado, la persona ansiosa prolonga en exceso determinados pensamientos en el campo cognitivo, como si fuera algo inacabable, dado que siempre aparecen nuevas formas que indican a la vez otras optimizaciones posibles. Resulta paradójico constatar que esta exagerada autoexigencia se va a hacer recaer sobre uno mismo de forma constante, pero con los errores ajenos se es permisivo y tolerante.

En relación con esto, se ha podido observar otro rasgo ansioso fundamental: la percepción de la vida como si ésta se hallara realmente repleta de exámenes, pruebas o retos de carácter permanente, lo que obliga a no bajar jamás la guardia y a ubicarse en el entorno en una posición hiperdefensiva. La tensión que puede suponer el hecho de entender así la existencia se agrava en la medida en que cualquier pequeño paso, acción, determinación, etc., se encuentra rodeado de una enorme, y muchas veces excesiva, importancia, cerca incluso de la trascendencia, por lo que se otorga una maximización absurda al valor de los acontecimientos y, paralelamente, a la necesidad de cubrirlos de una manera significativamente eficaz. La mencionada trascendentalización va ocupando cualquier momento de la vida por insignificante que éste sea

Lucia Masajia

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