¿Padecemos ansiedad porque vivimos demasiado rápido, con estrés?

No exactamente. Padecemos ansiedad porque hacemos trascendentes muchas de nuestras situaciones, como si «nos la jugáramos» en cada momento.

Nuestra vida actual nos exige un buen número de esfuerzos constantes, que, por otra parte, deben tener además un final exitoso. Como ya se comentó en la pregunta 31, se halla en juego el estatus en el que convencionalmente hemos sido modelados y que nosotros también reproducimos, y así lo indican el prestigio, la comodidad, y en definitiva, nuestra propia valía. Parece que quien no consigue aumentos de poder y bienestar (casi siempre material) durante el período de su vida productiva, podría considerarse que ha fracasado, que no es tan bueno, o que no sirve. De hecho, la competitividad nos habla constantemente de que no hay que bajar la guardia del progreso individual, como si verdaderamente ello fuera estrictamente el único indicador de valía personal.

La vida montada de manera adulta sobre estos parámetros implica que todas las dificultades o, simplemente, las decisiones que hay que tomar se conviertan en situaciones de gran importancia o trascendencia, por lo que es fácil entender que un momento insignificante pueda verse por determinadas personas como un examen o prueba que haya que superar, simplemente porque el valor de los hechos es interpretado por uno mismo. Aquí es donde podemos ver los exponentes más rutinarios de la ansiedad y, paralelamente, los engaños y las trampas emocionales más comunes.

A pesar de la evidente analogía existente entre ambos conceptos, es muy importante entender la diferencia entre estrés y ansiedad. En el primero se pone de manifiesto la duda que tenemos acerca de nuestra propia eficacia, es decir, de lo que somos capaces de hacer o, desgraciadamente, de lo que deberíamos realizar dentro de unas coordenadas de trabajo/tiempo. La persona está estresada cuando percibe que no será capaz de llevar a cabo satisfactoriamente determinadas tareas y comienza a intuir que ella misma es la protagonista y la máxima responsable de la no obtención de los objetivos propuestos. Por todo ello, deberíamos ver que es la misma persona quien estructura sus propias trampas, pues de la mala interpretación de la situación (seguramente excesiva) o de uno mismo (infravalorándose) surge la sensación de ser poco apto cuando, en realidad, se trata de algo que debería ser inadmisible. La necesidad de demostrar que sí se puede salir con éxito de los compromisos hace el resto.

Si el estrés se vincula a la sensación de fracasar en referencia a los objetivos establecidos y, por tanto, de verse poco hábil o eficaz, la ansiedad, tal como se ha ido comentando, sería el último grado de insatisfacción, es decir, la sensación según la cual no sólo ya no es posible verse dentro del esquema de fracaso, sino que, metafóricamente, no se sobrevivirá si no se logran los objetivos planteados. Este escalón terminal nos demuestra que, mediante el estrés, nos alertamos de las dificultades de las tareas que ejecutamos o llegamos a dudar de nuestra capacidad de resolución, mientras que mediante la ansiedad protegemos nuestra vida porque la situación pasa a ser un peligro. La transición del estrés a la ansiedad es uno de los errores emocionales más comunes, pues, en el marco del tiempo histórico en que vivimos, un fracaso puntual interpretado como importante puede llegar a entenderse muy fácilmente como un fracaso vital.

Lucia Masajia

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