¿Por qué la persona ansiosa se encierra en sí misma o tiende a hacerlo?

Porque a todos nos molesta el característico y permanente monólogo interno que conlleva la ansiedad.

Existe una razón básica a partir de la cual se plantea todo un subgrupo de razones tan importantes que merecen un comentario específico: «Bastante hay con soportar las dificultades, para tener que esforzarse en encajar uno mismo en la vida»; éste es un pensamiento nuclear de la persona ansiosa. De hecho, aquí se está planteando la enorme dificultad que tiene el individuo para integrarse en la realidad debido a la inseguridad que el propio organismo, desde su plano más básico, el fisiológico, está manifestando («no sé si estoy en condiciones de sobrevivir»), pero también debido a la atribución distorsionada que la persona haga de los diversos entornos, de los cuales en la ansiedad sólo se espera una influencia amenazante.

El encierro individual vendría dado, en el plano epistemológico, por estos dos ámbitos en interacción: no verse capacitado para gozar de una visión realista del propio funcionamiento físico interno, y ver el exterior como una realidad llena de peligros que ponen en juego la supervivencia de forma constante. Vista así, la posición existencial no es otra, como se ha ido diciendo, que la de defenderse radicalmente, y de manera constante, de estos virtuales atentados vitales, posición muy alejada de la que sería, desde una perspectiva realista, vivir la vida con intensidad y plenamente integrado en ella.

La necesidad de defensa constante que representa el carácter ansioso es primordial y ocupa plenamente el curso del pensamiento, lo que indica con claridad la existencia de una especie de diálogo con uno mismo, gracias al cual «uno puede mantenerse vivo». Como consecuencia, la persona ansiosa no conecta con el mundo exterior plenamente, sino con su versión más dura, lo que hace necesaria la comunicación permanente con su propio espacio interior, de tal manera que olvidar que la realidad es amenazadora es intrínsecamente un riesgo, como si distraerse fuera dar ventaja al «enemigo que no veo pero que siempre está ahí».

Nadie puede escapar de la presencia de los síntomas porque, desgraciadamente, éstos van a permitir que nos mantengamos vivos y aquí está el gran contrasentido: «La psicosomática nos maltrata, pero su existencia es esencial para sobrevivir». Ante los demás, pues, la persona ansiosa suele verse poco integrada y, en consecuencia, hace gala de un encierro que, en el caso de romperse, pasa a ser un peligro. Se vive constantemente «enganchado» a la evaluación (y evolución) activa de los propios síntomas y al constante análisis de las situaciones, vigilando lo interior («con un ojo») y lo exterior («con el otro»); para la persona ansiosa encerrarse no es el problema más importante, pues incluso se busca de una manera activa, sino que constituye una actitud necesaria para sobrevivir, de tal manera que los otros a menudo aparecen como distorsionadores de los procesos de autovigilancia. En definitiva, distraerse o integrarse en algo externo es, simplemente, desprotegerse.

Ahora bien, sólo en espacios donde la protección se encuentra garantizada (siempre según la atribución subjetiva que hace el individuo), por ejemplo en casa, en la habitación, en el barrio o con personas cercanas, es decir, en todo lo que hemos denominado «santuario», el hecho de encerrarse se relativiza y tiene lugar, en consecuencia, una integración en las dinámicas que se generen.

Lucia Masajia

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