¿Qué podemos hacer ante una crisis de ansiedad?

Tener presente que no se trata de una situación fatídica y usar de inmediato las herramientas disponibles para afrontarla, las técnicas entrenadas o la medicación de confianza de que dispongamos para volver a la calma y a hablarnos interiormente de forma equilibrada y serena.

La práctica asistencial en casos de disparo de la espiral ansiosa nos muestra la existencia de dos ámbitos básicos: el de la propia persona en crisis y el de quien la acompaña. A pesar de que en realidad sean dos aspectos complementarios, las ayudas deberán estar bien establecidas en cada caso. Veámoslo.

La propia persona, cuando se halle en medio de una secuencia ansiosa, deberá hacer lo posible para darse cuenta, como marco, de que se encuentra dentro de lo que hemos llamado un error emocional, es decir, un desarrollo subjetivo que no conduce a ninguna parte y que lo único que va a conseguir es elevar su nivel de malestar o sufrimiento psicosomático de manera automática y más aún si penetra en la conocida situación de miedo al miedo. Por otra parte, si desgraciadamente ya se conoce el proceso de alteración (y sus consecuencias) la persona podrá decirse a sí misma que, al final, todo acabará cediendo y no irá más allá de lo que ya se ha experimentado, por lo que ha de convencerse de que tras las crisis ansiosas no hay nada más que, finalmente, la calma. Hay veces en que los mensajes del tipo: «¡No pasa nada!», «¡Me estoy confundiendo de emoción!», «¡Adelante, yo soy fuerte!», «¡No voy a preocuparme, voy a respirar con tranquilidad, esto se me irá rápido!», «¡No voy a asustarme, ya sé lo que me pasa!», «¡Aquí no hay ningún peligro!», o expresiones parecidas, ayudan, sin lugar a dudas, de la misma forma que las órdenes como «Ahora mismo voy a sentirme bien», «Esto es innecesario», «¡Se acabó el ponerme así!», «¡Esto lo domino, soy fuerte!» o un contundente ¡Basta! (por supuesto bien entrenado).

Por otro lado, la persona que acompaña al sujeto con ansiedad deberá tener, sobre todo, las dosis suficientes de calma para no convertirse, ante la crisis ajena, en un espejo de preocupación. Al contrario, deberá mantener una actitud proclive a no dar una exagerada importancia al hecho en sí, pero a la vez, ser comprensiva ante él; esta actitud permitirá que la persona que sufre ansiedad no se encuentre con alguien preocupado y perplejo ante algo que le resulta «incomprensible». De hecho, se trata de intentar ir siguiendo los razonamientos disparados sin el uso de pensamientos/conductas contrapuestos a los que la persona en crisis está produciendo; en caso opuesto, se perjudica aún más la espiral de ansiedad ya que ésta, al no ser comprendida, aumenta la sensación de soledad, de extrañeza y de hallarse enfermo.

Aunque se trata de un consejo básico, los razonamientos neutralizadores de la agitación deberán efectuarse en los momentos de calma o de baja intensidad ansiosa; con las crisis disparadas tan sólo es posible, y es lo más conveniente, siempre y cuando no estemos en tratamiento psicoterapéutico, dirigirse a atajar o a reducir dicho disparo. En esos casos, cualquier intervención, por mínima que sea, si viene «de fuera», va a ser entendida fácilmente como un elemento de desestabilización. Es preciso entender que en los momentos de agitación ansiosa parece que deba prevalecer la necesidad o el deseo de la persona agitada, la cual se mueve visceral, irracional y automatizadamente a la captura de la idea «mágica-salvadora». En este sentido, una amplia tolerancia y un acompañamiento basado en la atención a las soluciones que de manera intuitiva la persona ansiosa vaya generando, son formas de ayuda básicas que seguramente se agradecen y se necesitan.

Lucia Masajia

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