Si la ansiedad desaparece, ¿puedo volver a padecerla?

No se puede dar una respuesta clara, aunque si la ansiedad vuelve, no lo hará necesariamente con la misma intensidad, duración o limitación. Normalmente una correcta psicoterapia suele blindar a la persona de nuevas manifestaciones.

En la actualidad, ya sabemos mucho acerca del funcionamiento del cerebro, tanto del sector cortical (lógico, voluntario, racional y consciente) como del límbico (emocional, involuntario, irracional e inconsciente), así como también de las manifestaciones psicoconductuales que el problema determina; sin embargo, todavía queda mucho por descubrir. Sabemos que las emociones (entre las que se encuentra la ansiedad) residen esencialmente en el cerebro límbico, por lo que dadas sus características, el control voluntario y cortical de las crisis ansiosas se halla en este caso muy limitado. El carácter interno, intuitivo, simbólico, irracional, etc., que caracteriza a la ansiedad ofrece a las personas que ya han tenido el problema y lo han superado, un pronóstico irregular, difícil y nada previsible para garantizar el cien por cien de la atenuación completa; de hecho, la casuística es enorme. Sí podemos asegurar, no obstante, que quien ha llevado a cabo una neutralización de su ansiedad, sobre todo a través de un proceso psicoterapéutico, se encuentra en mejores condiciones para no tener recaídas y para que, en el caso de que éstas aparezcan, no sufran una regresión completa. Así pues, en vez de volver a desarrollarse un proceso de alteración, la persona suele incurrir en lo que conocemos como etapa de «duda ansiosa», que se puede reequilibrar con rapidez en la medida en que se reformulen los parámetros de convencimiento ya trabajados y establecidos con anterioridad, que demostraron su eficacia en la psicoterapia. En este sentido, son ya muchas las voces acreditadas y las investigaciones efectuadas que otorgan a este tratamiento psicológico preponderancia sobre el farmacológico, pues este último no actúa sobre la reestructuración de pensamientos y sentimientos, sino sobre la atenuación o la neutralización sintomatológica.

No obstante, y como ya se ha comentado, aún quedan planteados sobre la mesa aspectos muy importantes que investigar. Uno de ellos es el correspondiente a la «siempre enigmática» predisposición genética a padecer trastornos de ansiedad. A pesar del significativo avance del conocimiento científico, todavía quedan grandes sombras que expliquen la relación entre genes y trastorno ansioso. Quienes trabajamos permanentemente el problema sabemos que muchas veces éste sólo puede ser explicado como consecuencia de la acción de una estructura hereditaria dominante, lo que pondría de manifiesto el porqué de los afloramientos intempestivos de la ansiedad ante elementos de la realidad aparentemente neutros o nimios (sin descartar en estos casos la existencia de una producción cerebral límbica que, inconsciente e imperceptible, se halla permanentemente en acción).

Por otra parte, también debería considerarse la existencia de determinadas características del medio que favorecen nuevos procesos ansiosos, aunque sería necesario tener en cuenta que, si bien en los momentos de especial dureza en el entorno la ansiedad puede aparecer fácilmente, no podemos descartar que se manifieste, aunque en menor grado, en épocas que podríamos considerar de mayor satisfacción emocional y equilibrio psíquico, por ejemplo en el campo afectivo, en el de la consideración social, en el del progreso personal, etc. Si cuando estamos en un buen momento personal tenemos más seguridad y autoestima, lo que desencadenaría el trastorno es precisamente el miedo a perderlo (a menudo incluso como si se tratara de un auténtico «autoboicot»).

Lucia Masajia

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