¿Sólo sabe qué es la ansiedad quien la padece?

Eso es una manera de explicar el carácter irracional de la conducta ansiosa y su difícil descripción.

En las espirales ansiosas se encuentra implicado el cerebro límbico (mente emocional), es decir, una región ubicada anatómicamente cerca de la base del cráneo, donde a modo de gran centro de control se va analizando constantemente la realidad para detectar situaciones que pidan una respuesta adaptativa; cuando esta respuesta es, sobre todo, ansiosa, se ponen en marcha los «protocolos» de defensa de la vida.

La ansiedad es una herramienta básica para la supervivencia, que contempla toda una serie de reacciones psicosomáticas, sentimientos, pensamientos y conductas dirigidas hacia la finalidad comentada, aunque como emoción las sensaciones son mucho más numerosas que las palabras y las imágenes (las cuales se pueden tomar «prestadas» del cerebro cortical). Por ello cuesta tanto explicar lo que en el fondo no es más que una reacción cambiante y llena de matices. Para hacerlo tenemos que emplear instrumentos que no corresponden a esta región cerebral, es decir, explicar la ansiedad o describirla es, en el fondo, intentar detallar un campo inconsciente e irracional (fuera de lógica) mediante variables conscientes y declarativas como son, por ejemplo, los conceptos y las palabras. Por eso siempre se ha dicho que sólo las personas que han padecido ansiedad son las que quizá se encuentren con una cierta capacitación para «entender» lo que le está pasando a otra persona que tenga el mismo problema; es algo así como si las personas con ansiedad, por analogía y experiencia, pudieran conectar y comprender mejor el enrevesado y personal disparo psicosomático que está vinculado al trastorno.

Como el curso de los pensamientos y los sentimientos del problema de la ansiedad es tan personal, a pesar de poder llegar a comprenderla bien, la ansiedad del otro siempre es diferente a la propia y, por tanto, tiene diferentes causas, duración, intensidad y significación. La personalización de la ansiedad es tan grande que, a menudo, quien padece el problema entra en una especie de soledad existencial con la bandera desesperante del «no ser entendido»; en estos casos, conocer los síntomas y alguna de sus particularidades, y sobre todo poderlas compartir, es un hecho muy tranquilizador, pues rompe el miedo de padecer cualquier situación de excepcionalidad. Seguramente una persona que haya padecido ansiedad se encuentre en mejores condiciones que otra para comprender a alguien que esté en esa misma situación y también todas las irracionales limitaciones, evitaciones o conductas repetitivas que conlleva el trastorno.

Por otro lado, intentar vincular el trastorno actual a causas que provienen de la propia trayectoria vital también aporta serenidad en la medida en que el problema deja de ser algo absolutamente inexplicable y absurdo, para pasar a ser predeterminado y coherente con un contexto educativo particularmente alterador. Esta relación, que normalmente ha de ser descubierta y trabajada a través de la psicoterapia, suele facilitar el tratamiento, pues la persona afectada se ve ahora más comprendida. En este caso, la ansiedad se puede entender como algo que, sin dejar de ser propio, fue, de hecho, adquirido y a la vez es «desadquirible», es decir, si se ha aprendido, también se puede «desaprender».

El hecho de no sentirse comprendido por los demás lleva a la persona con ansiedad a protegerse de opiniones o reacciones ajenas, y aquí se genera, necesariamente, la tan conocida actitud del disimulo. No poder compartir el estado de alteración supone verse abocado a algo que inhabilita y que a la vez es «indeclarable», lo que aumenta la duda respecto a la propia salud mental y también el problema

Lucia Masajia

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